SAN JOSE DE NTRA.SRA.DE LAS MARAVILLAS
Invocamos juntos al Espíritu Santo para que nos prepare para recibir la Palabra:
Inunda mi ser, inunda mi ser, Espíritu inunda mi ser
En olas de amor, ¡oh ven sobre mí!, Espíritu inunda mi ser
Enséñame a amar, enséñame a amar, Espíritu enséñame a amar
Como ama Jesús, ¡oh ven sobre mí!, Espíritu enséñame a amar
Enséñame a orar, enséñame a orar, Espíritu enséñame a orar
Como ora Jesús, ¡oh ven sobre mí!, Espíritu enséñame a orar
V/ Os introduje en la tierra del Carmelo
R/ Para que comieseis sus mejores
V/ Estamos aquí reunidos,
R/ En el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.
Introducción:
Elías, conocido como “el profeta de fuego” por su palabra llena de ardor y celo por el Señor, Dios de los Ejércitos, es considerado el inspirador de la Orden del Carmen. Su vida se narra en el primer y segundo libro de los Reyes.
Elías vive constantemente en la presencia de Dios y este rasgo característico es uno de sus lemas: Vive Dios en cuya presencia estoy. El carmelita quiere reproducirlo en sí mismo.
Un fraile carmelita parisino del siglo XVII, el hermano Lorenzo de la Resurrección, cocinero y zapatero en su convento, hombre sencillo, pero de gran sabiduría, nos ha dejado un escrito sobre cómo vivir en la presencia de Dios, en oración continua, amor y servicio a los hermanos, frutos de esa unión.
Una joven monja carmelita, Santa Isabel de la Trinidad (murió con 26 años en 1906 en el Carmelo de Dijon, Francia), nos aconseja vivir el silencio en nuestra celda interior y, en ese recogimiento, aun ejerciendo alguna actividad, podemos ser “alabanza de la gloria de Dios en el cielo de nuestra alma”.
Pasaje bíblíco: 1Re 17, 1-7
Elías el tisbita, de Tisbé de Galaad, dijo a Ajab: “¡Vive Dios en cuya presencia estoy, no habrá estos años rocío ni lluvia, a menos que yo lo diga!”.
La palabra del Señor le llegó en estos términos: “Vete de aquí; encamínate hacia el Oriente y escóndete junto al torrente Querit, que está al este del Jordán. Beberás del torrente, y yo he mandado a los cuervos que te provean allí de alimento”. El partió y obró según la palabra del Señor: fue a establecerse junto al torrente Querit, que está al este del Jordán. Los cuervos le traían pan por la mañana y carne por la tarde, y él bebía del torrente.
Pero al cabo de un tiempo, el torrente se secó porque no había llovido en la región.
Fray Lorenzo de la Resurrección (Máximas espirituales, 6)
La práctica más santa, la más común y más necesaria en la vida espiritual, es la presencia de Dios, es complacerse y acostumbrarse a su divina compañía, hablando humildemente y conversando con él amorosamente en todo tiempo, en todos los momentos, sin regla ni medida, sobre todo en los tiempos de tentaciones, de penas, arideces, disgustos, e incluso infidelidades y pecados. Hay que insistir continuamente para que todas nuestras acciones sean pequeñas charlas con Dios, sin elaborarlas, tal como vienen de la pureza y sencillez del corazón…
Durante nuestro trabajo y otras actividades, incluso durante nuestras lecturas, aunque ya sean espirituales, durante nuestras devociones exteriores y oraciones vocales, debemos parar un momentito, con la mayor frecuencia que podamos, para adorar a Dios en el fondo de nuestro corazón, disfrutándolo de paso y, como sin afectación, alabarle, pedirle ayuda, ofrecerle nuestro corazón y darle gracias. ¿Qué puede ser más agradable a Dios que dejemos así mil y mil veces al día a todas las criaturas para retirarnos y adorarle en nuestro interior?
No es necesario estar en la iglesia para estar con Dios. Podemos hacer un oratorio de nuestro corazón, en el que nos retiremos de vez en cuando para conversar allí con él. Todo el mundo es capaz de estos encuentros familiares con Dios.
Santa Isabel de la Trinidad (Últimos ejercicios espirituales, 1906)
Hoy pienso pues que guardar las fortalezas para el Señor consiste en lograr la unidad de todo nuestro ser mediante el silencio interior, en reunir todas nuestras potencias para emplearlas únicamente en la práctica del amor, en tener ese “ojo limpio” que hace posible que nos ilumine la luz de Dios. Un alma que transige con su yo, que vive pendiente de su sensibilidad, que anda tras los pensamientos inútiles y tras toda clase de deseos, es un alma que dispersa sus energías y que no está orientada totalmente hacia Dios.
Su lira no vibra al unísono y el Maestro al pulsarla, no puede arrancar de ella armonías divinas. Todavía hay en ella demasiado de humano, se da una disonancia.
El alma que aún se reserva algo para sí en su reino interior y que no tiene todas sus potencias centradas en Dios, no puede ser una perfecta alabanza de gloria, no está en condiciones de cantar ininterrumpidamente el cantico magno del que habla San Pablo, porque no reina en ella la unidad y, en vez de seguir cantando con sencillez su alabanza en todo lo que hace, tiene que reunir constantemente las cuerdas de su instrumento que andan un poco dispersas por todas partes.
… la condición del alma que ha penetrado en la fortaleza del santo recogimiento, el ojo de su alma, iluminado por la luz de la fe, descubre a su Dios presente y vivo en su interior y el alma a su vez, vive tan presente ante Dios y en tan bella simplicidad, que él la protege como a su hijito, con cuidado solícito.
Ya pueden entonces presentarse agitaciones externas o tempestades internas, ya pueden atentar contra su honor, Dios puede ocultarse o retirarle su gracia sensible… entonces el Maestro es libre para eclipsarse y libre para entregarse a ella según su propia medida, y el alma así simplificada y unificada se convierte en trono del Inmutable, pues la unidad es el trono de la Santísima Trinidad.
Pienso que daríamos una inmensa alegría al corazón de Dios si en el cielo de nuestra alma nos ejercitáramos en esa ocupación que tienen los bienaventurados y nos uniéramos a Él con esa contemplación simple que acerca a la criatura al estado de inocencia en que Dios la creó antes del pecado original, “a su imagen y semejanza”.
Silencio para meditar los textos
Para profundizar:
En esta ocasión no vamos a hablar tanto de la idolatría del pueblo del rey Ajab (rey malvado y perverso que lideró Israel en tiempos de inmoralidad y apostasía) ni de la perfecta obediencia del profeta Elías, que con docilidad, obedece y confía: “partió y obró según la palabra del Señor”.
Podemos relacionar la sequía que Dios envía con un aviso o una lección (no un castigo) para que el pueblo se convirtiera y dejara de seguir a dioses falsos. La sequía preparó los corazones de los israelitas para escuchar la Palabra de Dios y responder a ella.
En esta lectura el profeta nos invita a mirar más allá de las dificultades que enfrentamos. A veces, las pruebas son el medio a través del cual Dios nos recuerda su soberanía y nos guía hacia un arrepentimiento genuino. Nuestras propias sequías espirituales pueden ser oportunidades para renovar nuestra confianza en Aquél que siempre nos sostiene.
Beber del torrente: Todo carmelita que conoce la tradición de la Orden encuentra en este pasaje una invitación a apartarse para estar a solas con Dios, a escuchar su Palabra, dependiendo completamente de su providencia. “Permanezca cada uno en su celda o junto a ella, meditando dia y noche la ley del Señor y velando en oración, a no ser que deba dedicarse a otros justos quehaceres”. Como laicos podemos preguntarnos si sentimos íntimamente la necesidad y la llamada del Espíritu a retirarnos frecuentemente en nuestro interior para permanecer con el Señor.
Los escritos de Fray Lorenzo de la Resurrección y de Santa Isabel de la Trinidad, nos ayudan a comprender que esa oración y presencia continua es sencilla y factible, lo podemos hacer o al menos lo podemos intentar en cada momento que nos acordemos y pedir la gracia de que este recuerdo sea frecuente.
Compartimos…
Rezamos juntos:
Señor Dios nuestro, el profeta Elías se escondió en el desierto de Querit y tú lo alimentaste con pan y saciaste su sed. Los carmelitas se escondieron en la soledad del Monte Carmelo y Tú los alimentaste con el pan de tu Palabra e hiciste crecer en ellos la sed de Dios. Te pedimos que la experiencia de soledad en el desierto de la vida nos haga percibir la riqueza de tu presencia y aumente en nosotros el amor y la voluntad de servir. Te lo pedimos en el Nombre de tu Hijo, Jesús, Amén.
Padrenuestro…
Cantamos a Nuestra Madre, FLOR DEL CARMELO
