BEATA FRANCISCA DE AMBOISE
Nació en el año 1427, probablemente en Thouars (Francia). A los quince años casó con Pedro II, duque de Bretaña, junto con el cual fue coronada en la catedral de Rennes en 1450. Quedó viuda en 1457, no quiso contraer segundas nupcias y se orientó hacia la vida religiosa. Con este fin construyó en 1463 un Carmelo femenino en Bondon, aconsejada por el beato Juan Soreth, Prior General de la Orden. Sin embargo, su ingreso en aquel monasterio tuvo lugar en 1468. Pasó después en 1477 al monasterio de Nantes, también fundación suya. Los documentos nos la presentan en el oficio de priora de carácter fuerte, dotada de maternal comprensión y de sentido psicológico. Se conserva copia de las sabias exhortaciones con las que alimentaba el espíritu de sus religiosas. A ella se debe la introducción de la comunión frecuente (diaria para las enfermas) y el cuarto voto de estricta clausura. Murió el 4 de noviembre de 1485. Su testamento fueron las palabras que más veces había pronunciado en vida: «¡Sobre todas las cosas haced que Dios sea siempre el más amado!». Su culto litúrgico fue aprobado en 1863 por Pío IX, en premio de la fidelidad de los bretones a la Iglesia Católica y a su duquesa. Es considerada fundadora de las monjas carmelitas en Francia. Fue beatificada por Pío IX en el 1866.
SANTA MARÍA MAGDALENA DE PAZZIS
María Magdalena lleva el nombre la noble familia de Pazzis de Florencia, que ya en el s. XV tenía una gran influencia política. Nacida el 2 de abril de 1566, fue educada piadosamente, y desde la niñez mostró sentido profundo de la presencia de Dios, amor ardiente a la Eucaristía y fuerte inclinación por el espíritu de penitencia. Por consejo de su confesor, fue admitida a la primera comunión, contrariamente a las costumbres de la época. A los dieciséis años fue aceptada por las monjas carmelitas de Sta. María de los Angeles de Florencia, su ciudad natal. Durante el noviciado una grave enfermedad, que duró dos meses, la llevó al desahucio médico, de modo que le fue concedido el adelanto de la profesión. Pero se recuperó. Fue durante tres años vicemaestra, sacristana y seis años maestra de novicias. Se encargó también de las jóvenes profesas y en 1604 fue elegida subpriora. Indecibles sufrimientos físicos y una dura prueba espiritual templaron su paciencia, y fue enriquecida por Dios con gracias extraordinarias. Murió el 25 de mayo de 1607. Beatificada en 1626, fue canonizada el 22 de abril de 1669.
A una intensa vida espiritual unió la concienzuda observancia de los votos religiosos, y llevó una vida escondida de oración y abnegación. Tuvo el «ansiado deseo» de la renovación de la Iglesia: urgencia de la reforma y anhelo de la expansión, ofreciéndose para que los «cristos» (los sacerdotes) fuesen de nuevo luces del mundo y los infieles volviesen al seno de la Iglesia. «Clave de la bóveda de su edificio espiritual (pero no desarrollado orgánicamente) es el amor: creados por Dios por amor y con amor, por esta vía es por la que debemos volver a él; el amor es la medida del progreso en el retorno del alma a Dios. La principal función del amor es la de unir el alma con Dios. La vida espiritual es como un círculo, animado por el amor, que en Dios tiene su punto de partida y de llegada». Sta. María Magdalena de Pazzis fue también tiernamente devota de Nuestra Señora y contribuyó notablemente a profundizar la devoción mariana carmelita a la «Virgen Purísima», afirmando que la belleza de María fue su pureza, que la unió con el Verbo en la divina maternidad.
Sus experiencias místicas son recogidas en los «manuscritos originales», como se llaman los apuntes que sus hermanas recogían sobre lo que ella hacía o decía en sus éxtasis y «excesos de amor divino» y de los cuales hacían una cierta «comprobación» con la misma santa. Estos son: Quaranta Giorni (Cuarenta Días), Colloqui (Coloquios), Revelatione e intelligentie (Revelaciones e inteligencias), Probatione (Prueba) y el Rinnovatione della Chiesa (Renovación de la Iglesia), junto a los Avvisi (Avisos) y las Lettere (Cartas).
SANTA TERESA DEL NIÑO JESÚS
Nació en Alençon (Francia) el día 2 de enero de 1873. Sus padres fueron Louis Martin y Zélie Guérin. Tras la muerte de su madre, el 28 de agosto de 1887, Teresa se trasladó con toda la familia a Lisieux. A finales de 1879 recibió por vez primera el sacramento de la Penitencia. Educada por las Benedictinas de Lisieux, recibió la primera comunión el 8 de mayo de 1884. Algunas semanas más tarde, el 14 de junio del mismo año, recibió la Confirmación.
Sus deseo era abrazar la vida contemplativa, al igual que sus hermanas Paulina y María, en el Carmelo de Lisieux, pero su temprana edad se lo impedía. Durante un viaje a Italia, el 20 de noviembre de 1887, en la audiencia concedida por el Papa a los peregrinos de la diócesis de Lisieux, pidió al Papa con filial audacia autorización para entrar en el Carmelo con 15 años. El 9 de abril de 1888 ingresó en el Carmelo de Lisieux. Tomó el hábito el 10 de enero del año siguiente e hizo su profesión religiosa el 8 de septiembre de 1890. Se ejercitó de modo particular en las pequeñas cosas de la vida cotidiana, con humildad, sencillez evangélica y confianza en Dios, y trató de inculcar, con el ejemplo y la palabra, estas virtudes a sus hermanas. Descubierto su puesto en el corazón de la Iglesia, ofreció su vida para la salvación de las almas y la edificación de la Iglesia.
El 3 de abril de 1896, durante la noche del jueves al viernes santo, sufrió una hemotisis, primera manifestación de la enfermedad que la llevaría a la muerte, y que ella acogió como una misteriosa visita del Esposo divino. El 8 de julio es llevada a la enfermería, a la vez que se le tornan más intensos los dolores y las pruebas, que soporta con paciencia. Murió el 30 de septiembre de 1897. Sus últimas palabras, «Dios mío, te amo», sellan una vida que se extinguió en la tierra a los 24 años, para entrar, según su deseo, en una nueva fase de presencia apostólica en favor de las almas, en la comunión de los Santos, para derramar una lluvia de rosas sobre el mundo.
Fue canonizada por Pío XI en 1925 y proclamada Patrona de las Misiones en 1927. Conocidísima es la historia de su alma. Teresa ha dejado en sus manuscritos autobiográficos no sólo los recuerdos de la infancia y de la adolescencia, sino también el retrato de su alma y la descripción de sus experiencias más íntimas.
SANTA TERESA DE JESÚS (DE AVILA)
En el siglo Teresa de Cepeda y Ahumada, reformadora del Carmelo, Madre de las Carmelitas Descalzas y de los Carmelitas Descalzos; «mater spiritualium» (título debajo de su estatua en la basílica vaticana); patrona de los escritores católicos (1965) y Doctora de la Iglesia (1970): la primera mujer, que junto a Santa Catalina de Sena obtiene este título; nacida en Avila (Castilla la Vieja, España) el 28 de marzo de 1515; muere en Alba de Tormes (Salamanca) el 4 de octubre de 1582 (el día siguiente, por la reforma gregoriana del calendario fue el 15 de octubre); beatificada en 1614, canonizada en 1622; su fiesta el 15 de octubre.
Su vida debe ser interpretada según el designio que el Señor tenía sobre ella, con los grandes deseos arraigados en su corazón, con las misteriosas dolencias de las cuales fue víctima desde joven (y la enfermiza salud que la acompañó durante toda la vida), con las «resistencias» a la gracia de la cual ella se acusa más de lo debido. Entró en el Carmelo de la Encarnación de Avila el 2 de noviembre de 1535, huyendo de casa. Un poco por las condiciones objetivas del lugar, un poco por las dificultades de orden espiritual, luchó antes de llegar a la que ella llama su «conversión», a los 39 años. Pero el encuentro con algunos directores espirituales la lanzó a grandes pasos hacia la perfección.
En 1560 tuvo la primera idea de un nuevo Carmelo, donde pudiera vivir mejor su regla. Idea realizada dos años después en el monasterio de S. José, sin rentas y «según la regla primitiva»: expresión que debe ser bien comprendida, porque en aquella época y también después fue más nostálgica y «heroica» que real. Cinco años más tarde Teresa obtuvo del General de la Orden, Juan Bautista Rossi – de visita en España – la orden de multiplicar sus monasterios y permiso para fundar dos conventos de «Carmelitas contemplativos» (después llamados Descalzos), que fuesen como padres espirituales de las monjas y de este modo pudieran ayudarlas. A la muerte de la Santa los monasterios femeninos de la reforma eran 17. Pero también los masculinos superaron muy pronto el número inicial: algunos con el permiso del General Rossi, otros – especialmente en Andalucía – contra su voluntad, pero con la de los visitadores apostólicos, el Dominico Vargas y el joven Carmelita Descalzo Jerónimo Gracián (éste fue además la llama espiritual de Teresa, al cual se ligó con el voto de hacer cualquier cosa que le fuese pedida, no contraria a la voluntad de Dios). Se seguirían incidentes desagradables agravados por interferencias de autoridades seculares y otras ajenas, hasta la erección de los Descalzos en Provincia separada en 1581. Teresa pudo escribir: «Ahora Descalzos y Calzados estamos todos en paz y nada nos impide servir al Señor».
Teresa está entre las figuras de la mística católica de todos los tiempos. Sus obras – especialmente las cuatro más conocidas (Vida, Camino de Perfección, Moradas y Fundaciones) – junto a las noticias de orden histórico, contienen una doctrina que abraza toda la vida del alma, desde los primeros pasos hasta la intimidad con Dios en el centro del Castillo Interior. Su cartas, además, nos la muestran absorbida por los problemas más variados de cada día y de cada circunstancia. Su doctrina sobre la unión del alma con Dios (doctrina vivida por ella íntimamente) está en la línea de la del Carmelo que la ha precedido y que ella ha contribuido de manera notable a enriquecer, y que ha transmitido no sólo a los hermanos, hijos e hijas espirituales, sino a toda la Iglesia, a la que sirvió sin escatimar esfuerzos. Al morir su alegría fue la de poder afirmar: «muero como hija de la Iglesia».
