Monasterio e Imagen de Ntra. Sra. de las Maravillas
MONASTERIO Y COMUNIDAD.
En la madrileña calle de Príncipe de Vergara, nº 23, semiesquina con la de Goya, se levanta un edificio de construcción noble, discreta y poco llamativo construido el año 1904. Pero para los habitantes del barrio su atractivo no está tanto en la construcción como en la presencia de la comunidad de monjas carmelitas de clausura con el título de Ntra. Sra. de las Maravillas. En este remanso de paz de la metrópoli española las monjas labran día a día su perfección evangélica en la más absoluta contemplación y el trabajo diario, favorecidos ambos por el retiro de la clausura que las llena de Dios y las hace participes de las alegrías y de los dolores de la humanidad.
LA VIRGEN TITULAR Y EL NIÑO DE MARAVILLAS
La historia del convento está íntimamente unida a la devoción de la Santa Imagen de Maravillas. Precisamente el actual edificio es una más de las muchas bendiciones de la Virgen en favor de sus hijas, y la vida en el mismo continúa siendo un canto incesante de amor y gratitud a la celestial patrona.
La efigie actual es sustitución de la original que fue quemada en la guerra de 1936. Tiene una postura majestuosa, como de reina que esté recibiendo la pleitesía de sus fieles. Su rostro está, a la vez, lleno de inefable dulzura. Vestida al estilo barroco español del siglo XVII, une sus manos a la altura del pecho para sostener un ramo de flores de “maravilla”, sobre las que reposa, casi escondido entre ellas, una diminuta imagen del Niño Jesús, que mide tan sólo siete centímetros.

Ignoramos si se trata del Niño que, al parecer, tenía originalmente la Virgen o si, según una piadosa y bella leyenda, es el Niño Jesús que las monjas carmelitas encontraron en un mato de flores de “maravilla” de su huerta, como explicamos mas abajo. Dada la desproporción entre las imágenes de la Madre y del Hijo, quizá haya que inclinarse por esto último. El resultado es sorprendente original y gracioso.
El día de la fiesta patronal, el 2 de febrero –Presentación de Jesús en el templo y Purificación de María-, esta imagen del Niño es paseada en procesión por el interior de la iglesia, expuesta en una especie de templete neoclásico. Al final, recibe el beso fervoroso del pueblo que le profesa gran devoción, dado que es lo único que nos queda de la Imagen original de nuestra Virgen. A los pies de la Imagen de la Virgen de las Maravillas posa la luna plateada y ángeles alados. Su cabeza luce corona real y sobrecorona. Toda ella está envuelta en un halo de misterio, reflejo de la beatitud celeste, que invita a dialogar, a orar.
El origen del bello nombre de la Virgen de Maravillas, un nombre de resonancias bíblicas que tiene un fácil traslado al sentido espiritual: las maravillas que Dios ha obrado en la Virgen María, tiene diversas versiones:
Según el historiador Reinante Hidalgo, en su libro “La Virgen de las Maravillas”, Madrid 1904, p. 6, a la entrega de la Imagen por parte de Ana del Carpio precedió un hecho prodigioso. Diced así este autor: “Es religiosa tradición que a la posesión de la efigie por el matrimonio precedió un sueño misterioso durante el cual la devota Ana del Carpio vio a la Santísima Virgen pidiendo hospedaje y mostrando en sus manos un pequeño Niño Jesús colocado sobre una flor de maravilla que les servía de trono, siendo por esto conocida por entonces esta venerada Imagen con el significativo título de “Ntra. Señora de las Maravillas”.
La otra versión es la ya apuntada: Un día del año 1620, estando las monjas paseando por la pequeña huerta del convento -lugares que ocupa hoy parte de la Plaza del Dos de Mayo- repararon con sorpresa que una pequeña y linda imagen del Niño Jesús se hallaba recostada sobre una mata de flores de las llamadas “maravilla”, flores iridáceas de color anaranjado o amarillo.
Las monjas lo recogieron y con grande alborozo lo llevaron al coro, donde improvisaron un altar, adornándolo con las flores sobre las que había aparecido. Pronto comenzaron a llamarlo “Niño Jesús de las Maravillas”. Cuando años más tarde, como veremos en seguida, lo colocaron en las manos de la Virgen, el Niño era tan diminuto que necesitó estar adornado con ese asiento floral. Fieles a la tradición, el Niño Jesús sigue sobre un ramo de flores que la Virgen sostiene entre sus manos.

Merece la pena reseñar de entre los milagros hecho por esta Virgen, el referido al rey Felipe IV cuando cayó gravemente enfermo y que encomendándose a la Virgen la reina doña Mariana de Austria, pidió a las religiosas un manto de la Santísima Virgen el que mandaron inmediatamente y colocado en el lecho real, el que parecía yerto cadáver, vuelve la vista a la reina y le dice: ¿qué me has puesto que me encuentro bueno?. Le declaró el prodigio y quedó tan agradecido que no es fácil explicar lo que a tal Majestad debe esta comunidad”.
En agradecimiento a la Virgen de las Maravillas ofreció fabricar una iglesia a sus expensas. Esta iglesia es la del antiguo convento situado en la plaza del Dos de Mayo, al cual se alude en la Historia de la comunidad.

